José Luis Malo es un astuto de la pintura: dibuja caras expuestas al extremo para probarnos su virtuosismo de la línea, la perspectiva, el matiz. la expresión del rostro, y la intensidad del alma del que tiene esa cara que sufre la tortura del espíritu interno del que la posee: ¿Quién posee a quién?
¿La cara al interior del yo, o el mí mismo es el que "saca la cara" por sus sentimientos interiores?
Pivote y cuestionamiento del autorretrato.
Con la carne sucede algo parecido: hay carne de animales comestibles (el cerdo, la vaca) y hay carne también de José Luis Malo. Paralelismos donde el perro y el personaje sacan similar lengua húmeda ante la tentación de la carne colgada como en carnicería. Entre grotesca carne humana viva y adiposa, y carne de animal muerto, José Luis Malo se atreve a insinuar la metáfora y al esperpento le añade un toque de ternura: colibríes en vuelo hermosamente vivos y admirables. Precisamente, al contrario del adefesio y de la carne: los colibríes "no tienen carne": o, tienen tan escasísima que cuando mueren no se pudren, se secan.
Como si no bastara el duro cuestionamiento, y la feroz desnudez del autorretrato, Malo lo coloca frente a un espejo: esa carne muerta que sólo con estar ahí dice en silencio "como me ves te verás".
Sin complacencias, humilla la carne humana, la propia carne, para que se vea tal como es. Todos lo sabemos: verse a sí mismo es la más perturbadora de las experiencias del ego. Muchos hemos soñado que nos vemos a nosotros mismos, desde el exterior, como si nosotros fuéramos otros pero nos estamos mirando a nosotros mismos. Es aterrador.
Por eso en la obra de José Luis Malo subyacen la locura y el pánico. Y para poder soportar ese peso torturante, es necesario agrandarlo para someterse a la evidencia del volumen, y luego exorcizarlo con espectaculares muestras de gigantismo. Y ahí otra vez el múltiple autorretrato: la monumental cara desencajada que ha visto a minúsculos y múltiples Joséluises construyéndola. es decir, pintándola. Jonathan Swift, que también vio hacia adentro buscándose, hizo que a su personaje, Gulliver, en la isla de Liliput, unos hombrecillos minúsculos para los que él era un gigante.
lo ataran. Mismo procedimiento artístico y psicológico de Swift y Malo, similar pesadilla.
Pero no todo es grotesco, dramático, confrontativo, terrible, en la actual obra pictórica de José Luis.
También hay ironía, burla, escarnio, sentido del humor, irrespeto y juego: flechas a las que no escapa nadie: la Iglesia (un prelado sostiene un santo, sí, Santo el Enmascarado de Plata), el Estado (la bandera mexicana plantada sobre la carne en canal), y hasta el propio autor de estos novedosos y nuevos lienzos.
Pero no nos engañemos. Esta nueva rama pertenece al mismo árbol: sustratos de pinturas suyas de hace más de diez años están aquí, agigantados en todos los sentidos y desnudos. Y como toda desnudez es un atrevimiento, y como no hay arte sin atrevimiento, estamos ante una íntima y deslumbrante muestra artística: José Luis Malo nos pone la muestra. Y. provocativamente.
rememorando al niño que fue. José Luis Malo nos saca la lengua.
Dante Medina